I.3.1. Desarrollo histórico de la expresión y el levantamiento cartográfico. Siglos XVI al XVIII
Un punto de partida
El mapa, en una acepción muy amplia, es una representación convencional de la superficie terrestre; esto es, se reconoce en él una simplificación de la realidad. Por tanto, “el mapa es una construcción subjetiva sometida a normas preestablecidas, tanto de selección como de representación” (Joly, 1972, p. 2). Sin embargo, su aspecto más importante es que, al ser una representación gráfica, debe ser considerado como un lenguaje mediante el cual se comunican formas, ideas, procesos y relaciones que ocurren en un espacio multidimensional. Esta forma de comunicación ha variado a lo largo de la historia en función de los símbolos y figuras de los cuales el hombre se ha valido para transmitir el conocimiento alcanzado de la superficie terrestre.
De las diferentes acepciones que existen de cartografía, una de las más adecuadas es la que da el soviético Konstantin Salitchev, que a la letra dice:
La cartografía es el estudio de los mapas como método especial de representación de la realidad, además incluye, entre sus tareas, el estudio multilateral de la esencia de los mapas geográficos y la elaboración de métodos y procesos para su confección y uso (1979, p. 23).
Esta definición puede considerarse completa en tanto que valora el proceso de elaboración del mapa en lo técnico y en lo artístico, como la utilidad y aplicación de este. Y ello nos permite hacer referencia a las dos claras vertientes que existen en el estudio de la cartografía histórica: por una parte, la evolución de la cartografía como una combinación de técnica y arte y, por otra, como una expresión de los conocimientos geográficos de una época determinada.
En ese sentido se debe tener en cuenta que, como señala Raisz (1965, p. 7), los cartógrafos en tanto hombres de ciencia que elaboraban mapas deben ser considerados igualmente artistas. Y esto es perfectamente aplicable a los cartógrafos indígenas precortesianos y a los novohispanos, pues a los elementos científicos de la representación añadían un profundo sentido estético para la elección de símbolos, dibujos y colores.
Breves antecedentes: la representación territorial prehispánica
No existe duda acerca de los conocimientos geográficos que poseían las principales culturas mesoamericanas, y la capacidad y el conocimiento que igualmente tenían para representarlos gráficamente. Tan importante como esto es considerar que sus códices, lienzos y planos no son únicamente una representación de los territorios por ellos conocidos, sino que también, y quizá lo más importante, son un reflejo de sus creencias y ritos religiosos, de la cosmogonía indígena y de sus avances científicos en los campos de la astronomía y las matemáticas (Chomel, 1988, p. 14).
Desgraciadamente, la gran mayoría de los códices mesoamericanos fueron destruidos por los conquistadores y se tiene conocimiento de que en la actualidad existen únicamente cerca de 500, de los cuales, menos de 20 son prehispánicos –Guzmán (1978) señala 16, mientras que Pardo, Peralbo y Torres (2002) reconocen 18, aunque de algunos mantienen dudas si realmente son precolombinos–. La temática de estos es diversa, pero de acuerdo con una clasificación realizada por Guzmán, existen 54 de ellos que pueden catalogarse como geográficos. Si se toman en cuenta los códices con una temática histórico-geográfica, estos se elevan a 136.
| Nombre | Material | Temática | Localización |
| Dresden | Papel amate | Calendárico-ritual | Sächsische Landesbibliothek, Dresden |
| París (Peresianus) | Papel amate | Calendárico-ritual | Bibliothèque Nationale, París |
| Madrid
(Tro-Cortesiano) |
Papel amate | Calendárico-ritual | Museo de América, Madrid |
| Borgia | Piel | Calendárico-ritual | Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma |
| Laud | Piel | Calendárico-ritual | Bodleian Library, Oxford |
| Vaticano B | Piel | Calendárico-ritual | Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma |
| Cospi | Piel | Calendárico-ritual | Biblioteca Universitaria di Bolognia, Bolonia |
| Fejérváry-Mayer | Piel | Calendárico-ritual | Free Public Museums, Liverpool |
| Borbónico | Papel | Calendárico-ritual | Bibliothèque de l’Assamblée Nationale Française, París |
| Tonalamatl de Aubin | Papel | Calendárico-ritual | Museo Nacional de Antropología, México |
| Becker | Piel | Histórico | Museum für Völkerkunde, Viena |
| Bodley | Piel | Histórico | Bodleian Library, Oxford |
| Colombino | Piel | Histórico | Museo Nacional de Antropología, México |
| Vindobonense | Piel | Ritual-calendárico e histórico | Nationalbibliothek, Viena |
| Nuttall | Piel | Histórico | British Museum, Londres |
| Selden | Piel | Histórico | Bodleian Library, Oxford |
Fuente: elaboración propia con datos de Códices prehispánicos (1997).
Los materiales para elaborar los códices eran hojas de papel amate (obtenidas a partir de la corteza del árbol del mismo nombre) o de maguey, pieles de animales y lienzos de algodón. Solo hasta después de la llegada de los españoles se inició la representación de estos documentos sobre papel.
Por los conocimientos astronómicos alcanzados por las culturas mesoamericanas, no sorprende que sus códices geográficos estén orientados. Los puntos cardinales se ilustraban por el dios correspondiente, o por alguna ave, planta u objeto que lo identificaba. En numerosos planos, el oriente, región del amanecer, quedaba en la parte superior, identificado por un sol; mientras que el occidente, en la parte inferior, se presentaba con una luna en menguante (Orozco y Berra, 1871, pp. 2-7).
La identificación de los elementos del paisaje se hacía con simbolismos pictográficos de fácil comprensión, tratando de imitar en su coloración los tonos de la naturaleza. Así, de acuerdo con Orozco y Berra, los ríos se representaban por medio de dos líneas paralelas, con unos apéndices alternados en ambos bordes, semejantes a las hojas del nopalillo, los cuales indicaban la dirección de la corriente, e iluminados de color azul. Asimismo, los lagos se presentaban de color azul y sus bordes, en caso de que tuvieran vegetación, se coloreaban de verde o amarillo; para representar el oleaje se marcaban líneas con un azul más oscuro. Las fuentes y los manantiales se indicaban mediante un círculo amarillo, con uno más pequeño en su interior de color azul (Orozco y Berra, 1871, p. 8).
Según la interpretación indígena, los cerros eran ánforas llenas de agua, y aunque con variantes, su representación tomaba dicha forma. Su coloración generalmente era verde, indicativo de vegetación; o amarilla, para señalar un cerro desnudo. Cuando el cerro se denominaba con un nombre particular, el jeroglífico se presentaba ya en su interior, ya en su parte superior.
Los caminos se trazaban mediante dos líneas paralelas sin color, con huellas de un pie desnudo, mientras que los pueblos y ciudades tenían como símbolo el templo (teocalli) o la casa (calli). La representación de zonas cultivadas se hacía mediante el dibujo de un maguey, un nopal o una caña de maíz; un árbol o una palma significaban un bosque o un palmar, según el caso.
Todo ello implica el profundo conocimiento del paisaje que alcanzaron estas culturas, y específicamente en la identificación de elementos representativos (botánicos, zoológicos, topográficos y urbanos) para ser plasmados en códices, mapas y planos.
Cartografía colonial
El desconocimiento del territorio por parte de los españoles al momento de la Conquista los obligó a utilizar planos elaborados por los indígenas (Mundy, 1996), así lo refieren cronistas como Bernal Díaz del Castillo, Alonso de Zurita y Francisco López de Gómara. Lamentablemente, el barbarismo de los conquistadores, aunado al fanatismo religioso de los frailes, dio lugar a una destrucción masiva de numerosas e importantes fuentes del conocimiento de las culturas mesoamericanas, tal fue el caso de los códices y lienzos. Aunque justo es decirlo, años más tarde se establecieron lo que Robertson denominó las escuelas metropolitanas que, con el patrocinio de las autoridades civiles y religiosas, se dedicaron a recuperar parte de la historia oral indígena y las plasmaron en nuevos códices y lienzos (Robertson, 1959). Estos trabajos se caracterizaron por estilos definidos en la elaboración que, dependiendo de las formas más originales a las más europeizadas, han sido clasificados en tres escuelas: Texcoco, México-Tenochtitlan y Tlatelolco.
La simbología en estos mapas varió en el sentido de incorporar algunos elementos de la cartografía europea y, sobre todo, en la inclusión de textos explicativos en náhuatl y en castellano. Tal vez la figura más significativa del sincretismo de la nueva cartografía sea la presencia de la cruz para representar el nuevo templo cristiano en los asentamientos de población.
Las Relaciones Geográficas
De entre todos los mapas elaborados con el patrocinio español en los primeros años de la dominación, destacan de manera especial aquellos que acompañan algunas de las descripciones o Relaciones que, solicitadas por las autoridades de la metrópoli, tenían como finalidad informar de la disponibilidad de los recursos naturales y humanos de los territorios recién incorporados a la Corona.
Los antecedentes de estas Relaciones datan de 1577, año en que Felipe II dicta una real cédula para que se envíe a América una “Instrucción y memoria”, a fin de que oficiales de la Corona, principalmente corregidores y alcaldes mayores, contestaran un cuestionario de 50 “capítulos”. Las respuestas, mejor conocidas como Relaciones Geográficas, constituyen el mayor cuerpo de fuentes originales de la América española para el siglo XVI. De hecho, el cuestionario abarcó casi la totalidad de los temas de la vida colonial: geografía, topografía, toponimia, lenguas indígenas, tradiciones históricas, demografía, nombres de plantas y su utilización en la farmacopea, recursos minerales, tipos de vivienda, comercio, instituciones religiosas. Además, en varias preguntas se pedían “pinturas” que acompañaran a cada una de estas relaciones (Acuña, 1982-1988).
Por ejemplo, en la pregunta número 10 se pide un “designo en pintura de las calles y plaças y otros lugares… en un papel, en que se declare, que parte del pueblo mira al medio dia o al norte”. La pregunta 42 requería la representación de los “puertos y desembarcaderos… y la figura y la traça” de los mismos; finalmente, en la pregunta 47 se solicitaban los nombres de las islas, “la forma y figura dellas en pintura”. Algunos otros cuestionamientos podían responderse mediante el mapa que debía elaborarse y en el que se señalaban caminos, ríos, montañas, etcétera.
De esta manera, las pinturas representan, por una parte, planos de pueblos, villas y ciudades, y muestran su estructura interna (calles, edificios principales); por otra, planos de regiones, donde se identifican tanto el asentamiento como su entorno. El territorio referido en estos mapas corresponde a las zonas más densamente pobladas del centro de México,[1] y aun cuando se realizaron en un periodo no mayor de siete años (1579-1586), presentan notables diferencias de estilo que van, como ya se estableció, desde aquellas imágenes bastante fieles a la tradición prehispánica hasta las que siguen el estilo artístico de los españoles del siglo XVI.
Las pinturas son así una forma de medir el poder de penetración de los europeos en la vida indígena, aun en pequeñas y remotas aldeas de esa época. Su rango de contenido es grande y, como cuerpo de información, expresan un extraordinario detalle de la vida de las colonias españolas a finales del siglo XVI (Robertson, 1972).
Como ejemplos de estas pinturas de las Relaciones Geográficas del siglo XVI, se incluyen cuatro muy representativas (Hoja I.3.1.1, Figuras 1 a 4).
FIGURASSSSS
Cabe aclarar que no todos los cuestionarios fueron contestados, ni todas las Relaciones cumplieron con la solicitud del mapa. Aun así, se conservan al menos 76 pinturas, mientras que se consideran perdidas 16.[2]
Si bien la cartografía colonial muestra de forma directa los avances logrados en diversas ciencias, como la astronomía, la náutica y las matemáticas, también refleja los avances territoriales de los conquistadores, los cuales se incorporaban de manera paralela a sus mapas. Se podría concluir así que existía una relación directa entre la geografía y la cartografía. Cada nueva expedición debía levantar mapas (o al menos croquis, y hacer una descripción somera) de los nuevos territorios descubiertos, que se enviaban a las autoridades, tanto en la capital del virreinato como en la península, lo que les permitía un mejor conocimiento del territorio, siempre con la finalidad de lograr un mayor dominio sobre aquel. Sin embargo, debe reconocerse que muchos de estos exploradores exageraban la riqueza de los nuevos territorios, falseando con ello los datos geográficos. En cualquier caso, la búsqueda de lugares míticos dio lugar a viajes que, a su vez, generaron nuevas descripciones y mapas.
Durante los tres siglos de dominación española, la cartografía constituyó una de las áreas científico-técnicas más cultivadas. El desarrollo científico, aunado a la evolución de las corrientes artísticas de la época, permitieron el progreso de una cartografía rica en temas y conocimientos; la existencia de mapas de recursos naturales, de distribución de población, de obras públicas y de actividades económicas son muestra de ello. Las leyendas y simbologías utilizadas, aun cuando ahora puedan parecer inadecuadas y anacrónicas, permiten conocer de manera clara la evolución y difusión de los conceptos cartográficos.
Buena parte de la cartografía colonial fue resultado del proceso de expansión territorial de los siglos XVI, XVII y XVIII. Si se tuviera que caracterizar esta expansión, se reconoce una etapa marítima, que además del reconocimiento de las costas de ambos mares, permitió, de manera temprana, los viajes a las islas del Pacífico, de los cuales el más importante es el de Miguel López de Legazpi y Andrés de Urdaneta por las importantes repercusiones económicas que tuvo al comunicar América y el Oriente. La contraparte terrestre tuvo dos objetivos claros: el primero, el descubrimiento de yacimientos minerales de oro y plata y que dio lugar a la fundación de numerosos reales de minas, algunos de los cuales se transformaron en importantes centros de población; y el segundo, la conquista espiritual por las diversas órdenes religiosas, tales como los franciscanos, agustinos, dominicos y jesuitas, que fundaron misiones y cuya ubicación dieron a conocer en mapas y planos de desigual calidad.
Sin embargo, como señala Ruíz Naufal, la cartografía novohispana del siglo XVI y la primera mitad del XVII no llegó a representar la totalidad del territorio novohispano, y se limitó a la representación parcial del centro y el sur de México actual (Ruíz, 2000, p. 58).[3]
La elaboración de mapas no fue exclusiva de corporación alguna. Así, encontramos entre sus autores a hombres de ciencia, religiosos, marinos y militares. Sin embargo, de entre todos ellos se deben reconocer dos corporaciones especialmente importantes: los jesuitas y los militares. Los primeros, durante la época colonial y hasta su expulsión, desarrollaron un importante papel en la colonización y el conocimiento de los territorios septentrionales mediante sus descripciones y mapas; sirva como ejemplo más representativo el caso del padre Eusebio Francisco Kino, de quien se conocen 31 mapas, de los cuales 28 se refieren a la Baja California y a la Pimería y que demostró la peninsularidad de la Antigua California (Kino, 1985, pp. 9-10), aun cuando, 40 años después, en Europa todavía se consideraba como isla.
Tal vez el colectivo que mejor representa esta cartografía moderna y científica en nuestro territorio sea el del Real Cuerpo de Ingenieros del Ejército, quienes, al formar parte de una corporación técnico-científica que favorecía una formación académica y una retroalimentación entre sus miembros, estaban especialmente capacitados para desarrollar esta actividad. Difícil resulta tratar de desligar la obra cartográfica de los ingenieros militares del resto de sus actividades. De hecho, estaban obligados, por las ordenanzas que los regían, a elaborar mapas y planos de todo proyecto en que participaran. Pero gran parte de estos mapas fueron resultado de su intervención en numerosas expediciones enfocadas al conocimiento del territorio, entre las que destacan las que se dirigieron al norte del virreinato. De ellas nos legaron planos y mapas, acompañados de detallados textos, que hoy son fuentes de información de la disponibilidad de recursos de la Nueva España durante su periodo colonial. Esto deja claro que los levantamientos cartográficos en modo alguno eran una actividad secundaria o complementaria para ellos. Por eso, sus obras cartográficas se consideran como un instrumento de trabajo y como un medio de información para las autoridades sobre las condiciones de obras y proyectos, pero también, y quizá más importante, como una forma de conocimiento de los nuevos territorios. Un claro ejemplo se encuentra en la “Carta ó Mapa Geográfico de una gran parte del Reino de N. E., comprendido entre los 19 y 42 grados de latitud Septentrional y entre 249 y 289 grados de longitud del Meridiano de Tenerife, formado de orden del Excmo. Sr. Bo. Fr. Dn. Anto. Maria Bucarely y Vrsúa pa. indicar la division del Virreinato de México y de las Provincias internas erigidas en Comandancia General en virtud de Reales Órdenes el año 1777. Construyólo el Ingeniero Dn. Migl. Constansó y va aumentado con varias noticias que adquirió en sus viages a dhas. Provincias el Ingeniero Ordinaro. Dn. Manl. Mascaró” (AGI, MP-MEXICO, 346) (Hoja I.3.1.2, Figura 2).
La Ilustración
El último tercio del siglo XVIII es especialmente rico en cartografía gracias a las exploraciones marítimas del Pacífico norte, que partían del apostadero de San Blas, donde intervinieron los más importantes marinos que estuvieron destacados en la Nueva España. Las provincias internas también fueron objeto de numerosos levantamientos cartográficos, que se inician con la acción de los jesuitas a finales del siglo XVII, y alcanzan un gran número con el apoyo que da el visitador general José de Gálvez a las expediciones de Gaspar de Portolá a California, y la del marqués de Rubí a las provincias internas. De igual manera, el desagüe de los lagos de la Cuenca de México, tal vez la obra pública más importante emprendida durante el periodo colonial, fue objeto de levantamientos cartográficos por numerosos técnicos y hombres de ciencia.
Si aceptamos que “la Ilustración es una fase y un aspecto de la modernidad” (De la Torre, 1982), podría establecerse, por una parte, que la característica principal de la cartografía de los ilustrados fue la incorporación de las matemáticas, ciencia del racionalismo, mediante la utilización sistemática de las observaciones astronómicas para la fijación de la latitud y la longitud. Cabe agregar que la cartografía era, como lo había sido anteriormente, una disciplina caracterizada por su pragmatismo y utilitarismo.
De forma esquemática podemos señalar los principales cambios en la representación cartográfica para el periodo considerado:
- Aun cuando a lo largo de la Colonia es manifiesta una convivencia entre las formas de representación indígena y europea, al paso de los años la influencia indígena en la representación cartográfica disminuye considerablemente y se limita a aquellos mapas de tipo local que elaboran las comunidades de indios como elemento de defensa de sus tierras; en otros casos, las comunidades indígenas realizaban estos mapas para mostrar las condiciones en que se encontraban sus tierras de labor y solicitar permiso para efectuar obras de mejora, como la ampliación de la zona de cultivo o la construcción de canales. Todavía en plena etapa de las Luces pervive esta forma de representación.
- La traza orohidrográfica evoluciona de una representación de igual densidad en todo el territorio a una localización de cordilleras y ríos con mayor precisión. Ello significa que los elementos del relieve dejan de ser un adorno en el mapa para transformarse en un elemento de localización.
- La ubicación errónea de numerosos lugares en los primeros mapas se supera con la localización más exacta por medio de observaciones astronómicas y topográficas, que permiten fijar las coordenadas del lugar. En esto participaron los más importantes matemáticos y científicos novohispanos. Es importante destacar que durante el último tercio del siglo XVIII Joaquín Velázquez de León realizó la primera triangulación topográfica en nuestro territorio, un método que se generalizaría para los levantamientos cartográficos. Asimismo, se propagó la utilización de escalas, las cuales fueron muy variadas, de acuerdo con la superficie por representar: en millas, leguas y leguas castellanas para grandes y medianas superficies; y cordeles, pies, varas castellanas y pitipiés para áreas más reducidas.
- Se generaliza el empleo de un meridiano base, el cual podía variar de acuerdo con el autor. Los más utilizados fueron el de Cádiz, la isla de Fierro y Santa Cruz de Tenerife. Como caso especial, durante las exploraciones marítimas del Pacífico norte, a finales del siglo XVIII, algunos mapas utilizaron como meridiano base el del puerto de San Blas.
- La cartografía se convierte en una disciplina fundamentalmente práctica. El siglo XVIII permite su desarrollo gracias a las posibilidades de uso en actividades muy diversas, como la minería, la construcción de caminos, la defensa del virreinato, las diferentes obras públicas, etcétera. Esto no significa que no se realizaran mapas con el solo fin de dar a conocer aspectos específicos del territorio de la Nueva España.
- La simbología cartográfica es ahora convencional al incorporar las técnicas de representación cartográfica más modernas.
- Si bien la imprenta existía en México desde la primera mitad del siglo XVI, Burrus (1967, p. 3) señala que no se editó ningún mapa científico durante la época colonial. Los mapas se remitían a España no para su publicación, sino para su depósito en distintos repositorios (la Casa de la Contratación de Indias, el Depósito Hidrográfico), donde generalmente se conservaron manuscritos.
Hay que destacar que, al contrario de lo sucedido en los dos siglos anteriores, en este periodo sí se construirán representaciones de todo el territorio de la Nueva España; destacan los mapas de José Antonio Villaseñor y Sánchez: “Yconismo hidrotérreo, o Mapa Geográfico de la América Septentrional…”, de 1746 (Hoja I.3.1.2, Figura 3);[4] los de José Antonio de Alzate y Ramírez, de 1767, 1770 y 1772;[5] el “Mapa manuscrito de toda la Nueva España”, de Joaquín Velázquez Cárdenas de León, de 1772, y el mapa de Carlos Urrutia, de 1791, que lleva el título “Plano de la mayor parte del Virreynato de Nueva España…” (Antochiw, 2000).
Para finales de siglo XVIII se crearon en la Ciudad de México nuevas instituciones para el estudio de las ciencias, las técnicas y las humanidades, representativas de ese espíritu de renovación y reformas que fue la Ilustración. Destaca la fundación del Real Seminario de Minería, primera casa de las ciencias en México, donde se impartieron cursos que contribuyeron a la formación de la mayor parte de los cartógrafos mexicanos decimonónicos que, junto con los militares, desarrollaron la cartografía científica mexicana del siglo XIX. Fue en esta institución donde Alejandro de Humboldt, gracias a los vínculos que tenía con Andrés Manuel Del Río y con Fausto de Elhuyar (exalumnos de Freiberg como él mismo), recibió las mayores facilidades para realizar parte de sus investigaciones. Fue ahí donde inició la construcción de algunas de sus cartas, con la ayuda de destacados estudiantes, a quienes esta actividad no era de forma alguna desconocida, y a quienes reconoce en sus textos, como Juan José de Oteyza, Juan José Rodríguez, J. J. Martínez de Lejarza y Manuel Ruiz de Texada.
La publicación del Ensayo político sobre Nueva España y del Atlas de la Nueva España, de Alejandro de Humboldt, tuvieron una gran influencia en el conocimiento y la difusión, particularmente en Europa, de la nación que estaba gestando su independencia. Para el caso particular de la imagen de México, muchos mapas posteriores a 1811, elaborados en diversos países europeos o en Estados Unidos, reproducen los presentados por el sabio alemán sin darle el crédito correspondiente.
Su obra nos permite hacer diversas observaciones acerca del estado de este arte para los primeros años del siglo XIX. Quizá se deba iniciar haciendo referencia que, para Humboldt, como para muchos científicos de la época, hay una identificación casi total entre la geografía y la cartografía, y llegaron a utilizar los términos de manera indudable. Igualmente utiliza el calificativo de geógrafo para referirse a algunos de los cartógrafos más importantes de la época, como era, por solo mencionar un ejemplo, el caso del francés d´Anville.
Sus cartas, como se acostumbraba por los científicos de la época, están basadas en numerosas y detalladas observaciones astronómicas, topográficas, trigonométricas, barométricas. En fin, todas aquellas observaciones que validaran la calidad de su trabajo. El original del atlas consta de un total de 20 láminas, “16 de las cuales fueron dibujadas o corregidas por Humboldt mismo, o bajo sus indicaciones” (Bonacker, 1973, p. 9). En contra de lo que pudiera pensarse, la obra no se limita a la presentación de mapas, también tiene representaciones de planos de ciudades y perfiles, hace referencia a la batimetría del puerto de Veracruz, etcétera.
Sin duda alguna, la “Carte du Mexique et des pays limitrophes situes au Nord et a L’Est” (Hoja I.3.1.2, Figura 4)[6] es la más importante de esta obra. El viajero alemán señala que realizó el bosquejo de esta mientras se encontraba en el Seminario Metálico, y fue rectificada a su regreso a Europa. De hecho, se podría considerar como el resumen de los avances cartográficos del reino. Si bien es muy superior a cuanto se había realizado hasta ese momento, refleja el conocimiento que los novohispanos tenían de su territorio. El mapa cubre la totalidad del reino; la parte central del territorio, que fue la zona por donde viajó Humboldt, es sin duda la más exacta en cuanto a su localización. Como señala Orozco y Berra (1871, p. 340), se utilizaron 142 observaciones, de ellas, 36 corresponden al propio Humboldt, el resto corresponde a diferentes matemáticos, ingenieros, astrónomos y marinos, como Velázquez de León, Malaspina, Mascaró y Pedro Laguna.
Humboldt señala que para elaborar la carta consultó al menos 30 mapas. Los errores que pueden señalarse en ella se deben más a que, en cierto modo, prefirió representar de manera incierta partes del territorio que adivinar su orografía o su hidrografía.[7] En otros mapas de su atlas fue más explícito respecto a sus fuentes. Así, en la “Carta del Valle de México” reconoce a Joaquín Velázquez de León, a Luis Martín y a José María Fagoaga. Para la “Carta del Istmo de Tehuantepec”, a la que nombra “de Huasacualco”, utilizó material de Agustín Crame y Miguel del Corral. Para el itinerario de México a Santa Fe recurrió a los Diarios, de Juan José de Oteyza, Pedro de Rivera y Nicolás de Lafora, mientras que para presentar la “Carta de la parte oriental de Nueva España” utilizó el mapa de Miguel Constanzó y Diego García Conde.
La trascendencia de la obra humboldtiana fue notable. Con el paso de los años, la cartografía de Humboldt se convirtió en la más autorizada con respecto a México. Sin embargo, recordemos que su mapa general posee el gran error de presentar una sola cordillera que corre de norte a sur por toda la parte central del territorio. Y en la península de Yucatán aparece una cordillera central. Estos errores se repitieron en innumerables ocasiones por todos aquellos que repetían sus mapas, muchas veces sin darle el crédito debido. Así, ese mapa de México tal vez fue el más publicado pese a su error de representación.
Consideraciones finales
El desarrollo de la cartografía novohispana incorporó desde un principio los avances técnico-científicos del Viejo Mundo, con el fin de lograr un mayor conocimiento de la disponibilidad de los recursos que ofrecían los “nuevos” territorios. Debe afirmarse que no se desplazó la tradicional forma de representar el territorio de los indígenas mesoamericanos, sino que aprovechó algunos de sus conocimientos.
Independientemente de su valoración científica en cuanto a exactitud o representación del relieve, es importante destacar que los materiales cartográficos son los primeros documentos en los cuales quedó impresa la imagen del territorio novohispano. Por ello, son fundamentales para el estudio de la geografía y la historia del país.
Asimismo, es necesario rescatar el valor del documento en sí, y dejar de pensar en aquel como una ilustración; de esta forma, los mapas deben ser considerados objetos de estudio por la riqueza documental que encierran al permitir el reconocimiento de la toponimia o la manera en que estaba organizado el territorio en un momento dado. Baste afirmar que muchos de estos documentos son piezas únicas.
Bibliografía
- Acuña, R. (Ed.; 1982-1988). Relaciones geográficas del siglo XVI (10 vols.). UNAM.
- AGI (Archivo General de Indias). Mapas y Planos, MP-MEXICO, 346.
- AGI (Archivo General de Indias). Mapas y Planos, MP-MEXICO, 161.
- Antochiw, M. (2000). La visión total de la Nueva España. Los mapas generales del siglo XVIII. En H. Mendoza (Coord.), México a través de los mapas (pp. 71-88). Instituto de Geografía-UNAM / Plaza y Valdés Editores.
- Burrus, E. J. (1967). La obra cartográfica de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús (1567-1967). Ediciones de José Porrúa Turanzas.
- Chomel, M. (1988). Visión indígena del territorio. En Mapas y planos de México siglos XVI al XIX. Catálogo de exposición (pp.13-20). Inegi / INAH.
- Cline, H. F. (1972). The Relaciones Geograficas of the Spanish Indies, 1577-1648. En Handbook of Middle American Indians (vol. 12) (pp. 183-242). Universidad de Texas.
- Códices prehispánicos. (1997). Arqueología mexicana, IV(23), 14-15.
- Díaz del Castillo, B. (1977). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (2 Tomos). Porrúa.
- Guzmán, V. (1978). Localización de códices, lienzos y mapas del México prehispánico y colonial. INAH.
- Joly, F. (1972). La cartografía. Ariel.
- Kino, E. F. (1985). Crónica de la Pimería Alta. Favores Celestiales. Gobierno del estado de Sonora.
- Martínez, C. (2015). Los códices prehispánicos y novohispanos como objetos de la escritura. Bibliotecas. Anales de Investigación, 11, 32-49. Recuperado el 2 de mayo de 2024 de http://revistas.bnjm.cu/index.php/BAI/article/view/194/203
- Moncada, J. y Escamilla, I. (1993). Cartografía indiana e hispánica (pp. 27-34). En Ciencias, (029). México. https://www.revistas.unam.mx/index.php/cns/article/view/11327
- Mundy, B. E. (1996). The Mapping of New Spain: Indigenous Cartography and the Maps of the Relaciones Geograficas. University of Chicago Press.
- Orozco y Berra, M. (1871). Materiales para una cartografía mexicana. Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.
- Pardo, J. M., Peralbo, J. A. y Torres, S. D. (2002). Los códices mesoamericanos prehispánicos. SIGNO. Revista de historia de la cultura escrita, 10, 63-91. Recuperado el 2 de mayo de 2024 de https://ebuah.uah.es/dspace/bitstream/handle/10017/7585/codices_pardo_SIGNO_2002.pdf
- Robertson, D. (1959). Mexican Manuscript Painting of the Early Colonial Period. The Metropolitan Schools. Yale University Press.
- Robertson, D. (1972). The Pinturas (Maps) of the Relaciones Geográficas, with a Catalog. En Handbook of Middle American Indians (vol. 12) (pp. 243-278). University of Texas,
- Ruíz, V. M. (2000). La faz del terruño. Planos locales y regionales, siglos XVI-XVIII. En H. Mendoza (Coord.), México a través de los mapas (pp. 33-69). Instituto de Geografía-UNAM / Plaza y Valdés Editores.
- Raisz, E. (1965). Cartografía general. Omega.
- Russo, A. (2005). El realismo circular. Tierras, espacios y paisajes de la cartografía indígena novohispana, siglos XVI y XVII. Instituto de Investigaciones Estéticas-UNAM.
- Salitchev, K. (1979). Cartografía. Editorial Pueblo y Educación.
- Sánchez, M. A. (1955). El primer mapa general de México elaborado por un mexicano. Instituto Panamericano de Geografía e Historia.
- Torre Villar, E., de la (1982). La Independencia mexicana. SEP/80.
- Urroz, R. (2011). Mapas de México: Contextos e historiografía moderna y contemporánea. Tesis de Maestría. Facultad de Filosofía y Letras-UNAM.
- Vargas, G. (2000). La Nueva España en la cartografía europea, siglos XV-XVI. En H. Mendoza (Coord.), México a través de los mapas (pp.15-31). Instituto de Geografía-UNAM / Plaza y Valdés Editores.
Referencias
- [1] Las Relaciones se corresponden con los obispados de Antequera o Oaxaca, México, Michoacán, Nueva Galicia, Tlaxcala y Veracruz, Yucatán y Guatemala.
- [2] Los lugares donde se encuentran estas “pinturas” son los siguientes: la Universidad de Texas en Austin (37), el Archivo General de Indias de Sevilla (27) y la Real Academia de Historia en Madrid (12). El total de las Relaciones Geográficas existentes son 167, incluyendo dos de Guatemala, además de 25 que se consideran perdidas (Cline, 1972).
- [3] Sin embargo, en Europa, numerosos cartógrafos e impresores sí que dieron a conocer imágenes de la Nueva España. En la Hoja I.3.1.2, Figura 1, se observa una representación de la Nveva Hispania Tabula Nova, del libro Ptolemeo: “La geografia di Claudio Ptolemeo alessandrino, con alcuni comenti & aggiunte fatteui da Sebastiani Munstero alemanno, con el tauole non solamente antiche & moderne solite di stamparsi, ma altre nuoue aggiunteui di messer Iacopo Gastaldo piamontese cosmographo, ridotta in uolgare italiano da m. Pietro Andrea Mattiolo senese medico eccellentissimo. Con l’aggiunta d’infiniti nomi moderni, […] fatta con grandissima diligenza da esso meser Iacopo Gastaldo, il che in nissum altro Ptolemeo si retroua. Operueramemte non meno util que necessarid. In Venetia, […] per Gioan. Baptista Pedrezano […] Anni x. M.D.XLVIII (1548)” (David Rumsey Map Collection. List No: 11479.121). Otro ejemplo notable es el planisferio de Urbano Monte, de 1587 (véase la página de David Rumsey Map Collection, en https://www.davidrumsey.com/blog/2017/11/26/largest-early-world-map-monte-s-10-ft-planisphere-of-1587).
- [4] El título completo es “Yconismo hidroterreo o Mapa Geografico de la America Septentrional. Delineado y observado pr. el Contador de los Rs. Azogues Dn. Jose Antonio de Villaseñor y Sanchez”; grabado por Francisco de Sylverio de Sotomayor. Acompañaba a la obra Theatro Americano. Descripción general de los Reinos y Provincias de la Nueva España y sus jurisdicciones. Mexico, 1746-1748 (AGI, MP-MEXICO, 161).
- [5] Tanto Villaseñor como Alzate tomaron como base el mapa de Carlos de Sigüenza y Góngora de 1681.
- [6] “Carte du Mexique et des Pays Limitrophes Situes au Nord et a L’Est. Dressée d’après la Grande Carte de la Nouvelle Espagne de Mr. A. de Humboldt et d’autres Matériaux par J. B. Poirson. 1811. Atlas Géographique et Phisique du Royaume de la Nouvelle-Espagne, Fondé sur des Observations Astronomiques, des Mesures Trigonométriques et des Nivellemens Barométriques. Par Al. de Humboldt. Paris, 1811” (David Rumsey Map Collections, List No: 0328.004).
- [7] Una relación bastante completa de las fuentes bibliográficas y cartográficas utilizadas por Humboldt se encuentra en el estudio preliminar de Ortega y Medina al Ensayo, en su edición de 1984.